La economía mundial mantiene una trayectoria débil marcada por los países desarrollados y los ajustes en las economías emergentes exportadoras. Por un lado, los países desarrollados mantienen un crecimiento anémico lastrados por factores estructurales que las autoridades se niegan a enfrentar con decisión, y por el otro China, que podría darnos un susto con bajadas de expectativas de crecimiento. Creemos que estos cambios fundamentales con la caída de la productividad, los cambios demográficos y el incremento de la desigualdad han reducido la tasa de crecimiento potencial y afectan al comportamiento de las variables básicas: los tipos reales de equilibrio y la inflación.

Pensamos que muchas de las autoridades económicas siguen sin reconocer este diagnóstico, y piensan que la resaca financiera y la crisis de la deuda europea han sido los causantes del retraso y la debilidad del ciclo. Pero la realidad es que la política monetaria tiene limitaciones y efectos colaterales que suponen un riesgo para la estabilidad financiera a nivel global.

Sólo el consumo ha sostenido el crecimiento norteamericano, impulsado por un empleo que da muestras de agotamiento.

Fuera de los factores estructurales, que en nuestra opinión frenan la actividad, el mayor riesgo a corto plazo es la evolución de Estados Unidos, que ya se encuentra en un ciclo muy avanzado con la inversión, el sector exterior y el público aportando nada o muy poco al crecimiento. Sólo el consumo ha contribuido al crecimiento norteamericano, que ha estado impulsado por una fuerte creación de empleo que ya empieza a dar señales de desaceleración.

Con estas expectativas a largo plazo, mantenemos una posición defensiva sin riesgo en renta variable, y centrados en estrategias de rentabilidad vía cupones de la cartera de renta fija y dividendos.  Nuestra mayor apuesta son los bonos corporativos, donde destacan los híbridos y AT1s financieros. En renta variable tenemos exposición al sector inmobiliario y de telecomunicaciones  europeo.

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